La educación no está prohibida

Mariano Herrera
Los realizadores del documental “La Educación prohibida” reproducen una crítica a la escuela hecha por la sociología marxista de los años 60 del siglo pasado. Plantean que la escuela sólo imita al modelo industrial “taylorista” que transforma al individuo en el apéndice de una máquina, y cuyo objetivo es reproducir la estructura clasista de la sociedad capitalista y la ideología dominante en la mentalidad de los alumnos. Cuando llega la fase de las propuestas reivindicadas por el documental, se plantea que la solución es dejar a los niños en total libertad y que los adultos, tanto padres como docentes, nos debemos apartar y dejar que ellos, los niños y jóvenes decidan todo.
Los propulsores de esa educación alternativa y libertaria no creen que se deba enseñar disciplinas ni disciplina. Es decir, no hay que organizar materias como biología ni historia, ni tampoco obligar a los alumnos a respetar reglas. Destacan ejemplos como las escuelas que siguen el modelo Montessori, entre otras.
 
Pero resulta que la historia reciente de la educación muestra que los sistemas educativos en casi todo el mundo han mostrado que pueden ser la institución más potente para la movilidad social y para la igualdad de oportunidades. Sociedades enteras en las que la clase obrera era mayoritaria hoy muestran una clase media mucho más numerosa, potente y transformadora con valores de libertad, responsabilidad y justicia. De modo que la crítica con la que inicia el documental es, no solamente injusta, sino falsa. La escuela sí sirve para producir justicia social y también para inculcar valores progresistas y transformadores. Para ello los sistemas educativos y las escuelas tienen que ser eficaces. Es decir cumplir con los fines de la educación y muy especialmente con garantizar la igualdad de oportunidades y el respeto a las diferencias entre los talentos individuales de los alumnos. Esto último es un asunto más pedagógico que educativo. Estos son los retos de la escuela latinoamericana.
El documental promueve lo que podríamos llamar “modelos pedagógicos libertarios”. Aparentan ser modelos centrados en los intereses y la felicidad de los alumnos. Sin duda, algunos como los aplicados por las escuelas Montessori y similares, son innovaciones interesantes que, efectivamente le asignan un gran protagonismo a los alumnos. Pero también hay que considerar sus dificultades y limitaciones. Requieren docentes muy bien formados y con mucha claridad y experiencia, especialmente con los adolescentes. Generalmente no se pueden usar con grupos mayores de 15 alumnos por aula o menos. Y, en América latina, sólo existen y tienen éxito relativo, en contextos sociales de clase media o media alta. El enfoque pedagógico casi que necesita de padres o familias intelectuales que compartan 100% la filosofía con el colegio. Todo esto no los invalida.
Es una opción válida, pero eso, opcional. No comparto que deba ser el modelo prevaleciente para todo el sistema educativo de un país. De hecho, no existe un solo país que lo haya adoptado como modelo nacional. Quizás lo ideal sería que su filosofía y sus métodos pedagógicos formaran parte del curriculum de formación docentes de las universidades. Pero como una alternativa más en el menú de métodos que debe dominar todo docente profesional para seleccionar el que mejor beneficie a sus alumnos y el que mejor corresponda a sus talentos y aptitudes propias. Si se impone la pedagogía libertaria, es posible que se incremente aún más el laissez-faire que impera hoy en muchas aulas de nuestro sistema educativo.
Investigaciones serias en todo el mundo han demostrado que lo más eficaz, incluso en contextos socio-económicos muy desfavorecidos, son las llamadas “pedagogías estructuradas”. Clases bien planificadas, en las que se tenga claro qué se desea que los alumnos aprendan, qué actividades van a realizar los alumnos, cuál va a ser el rol del docente, qué materiales o actividades didácticas se requieren, cómo se va a verificar que efectivamente todos los alumnos hayan alcanzado el objetivo planteado, cómo se va a reforzar el aprendizaje para su asimilación definitiva. Este enfoque puede ser muy participativo y con un gran protagonismo de los alumnos. Pero no excluye ni la explicación del maestro cuando sea necesaria, ni la corrección de errores u omisiones, ni el control del grupo con el ejercicio de la autoridad.
La pedagogía es la disciplina central de los educadores profesionales. Ellos deben ser capaces de seleccionar métodos que combinen actividades guiadas con actividades en los que los alumnos demuestran iniciativa, esfuerzo y productividad en sus aprendizajes. El modelo actual está sin duda excesivamente centrado en clases frontales y ello se debe a deficiencias en la formación de los docentes. Por ello, buena parte de la solución es contar con buenos profesores. De esto ya hemos hablado en muchas ocasiones.
Tener claro los fines de la educación y contar con maestros y profesores altamente especializados, con un gran abanico de pedagogías diversas, que se adapten a los contenidos y a los alumnos, son quizás la mejor alternativa para que la escuela se convierta en un lugar a la vez agradable y exigente, en los que los alumnos estén siempre frente a aprendizajes nuevos y adquiriendo competencias sociales para la convivencia y la justicia social.
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